sábado, 14 de mayo de 2011

Capítulo 7: Mufasta, el Rey León

Fue entonces cuando me di cuenta, al rozar mi mano sin querer con su brazo, que lo rodeaba un intenso frío en la piel, recubriéndolo, un frío que perturbaba tanto como un inodoro en invierno. Sin embargo, su temperatura no hacía más que acrecentar mi excitación y atracción hacia él y hacia el hermoso panorama que se extendía de lado a lado. Entonces cerré los ojos y me quedé dormida.
—Joven Helena, niña elegida, hemos llegado al reino de los hombres. Hemos llegado a Isengord. —dijo Edward despertándome de mi sueño y pasé mi rostro por sobre su hombro. Fue en ese momento en donde todo cobró sentido para mí. Fue aquel reino el que puso punto final a mi antigua vida y me trajo consigo nuevas aventuras.
—Es hermoso —musité mientras observaba las elevadas murallas que se erigían frente a mí. Una gran entrada nos abría el camino y unos amables guardias, vestidos con armaduras plateadas, nos miraban y sonreían de alegría, como si esperasen mi llegada.
—¡Gloria a la elegida, gloria a la prosti! —gritaron los guardias cuando pasamos a su lado y yo los miré confundida.
—¿Prosti? —pregunté en un susurro a Edward mientras me acurrucaba en su espalda y observaba a la gente que pasaba, quienes me devolvían la mirada con entusiasmo.
—Ese es el nombre de nuestra primera salvadora, que en los años de las Guerras Del Hoyo enfrentó a los pulpos espaciales. Tu vendrías a ser su encarnación para esta gente.
— Fah, cómo fuman faso acá, eh. —respondí y cerré los ojos para escuchar el cantar de las palomas y el susurrar del viento. Pero no pasó mucho tiempo hasta que unos jinetes nos rodearon gentilmente.
—Señores, debemos escoltarlos hasta el castillo real de Mufasta. Es importante que nos sigan —dijeron los hombres y caminaron junto a nosotros. Eran altos, fuertes, con largas espadas en sus envaines.
Al llegar al castillo, el cual no tenía puerta ni manera de entrar, uno de los hombres se bajó de su caballo y comenzó a recitar unas palabras locas. Como resultado, una puerta apareció de la nada y se abrió de par en par.
—No tenían guita para construir una puerta posta… —acotó Edward mientras marchaba con su caballo hacia el castillo. Y al entrar me bajé con ayuda de los caballeros y caminé por la alfombra roja que se extendía hasta el pedestal del rey.
—Veo que hay traído a la elegida. Buen trabajo —dijo una voz grave, que retumbó por todo el recinto, y una gran figura se asomó desde la oscuridad. Tenía la apariencia de un León, pero era más grande, con una melena roja y un color amarillento que delataba su pura casta.
—Soy Mufasta, el rey león—dijo y se sentó frente a mí. —En tu viaje pudiste observar la belleza de mi mundo, pero has de saber que todo lo que toca la luz es mi reino, y como tal deberá ser respetado por ti.
—Lo que digas, viejo. ¿Y si encuentro un lugar de sombras? —pregunté y me crucé de brazos. Él gruño y me dio la espalda.
—Nunca debes ir a allí, Helena. —respondió de forma severa y se sentó nuevamente —Es tiempo de marchar hacia tu misión.
—¿Y cuál es esa? —pregunté y levantó su cabeza, siempre dándome la espalda.
—Debes encontrar a las 150 criaturas encerradas en sus discos y liberarlos para conseguir el poder que necesitas. —sentenció y se alejó del recinto con paso cerrado.

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