lunes, 16 de mayo de 2011

Capítulo 8: Los bomberos locos nazis del futuro

Fue así como todo empezó. Yo estaba sorprendida, casi en shock, pero pronto Edward me tomó de la mano y me dijo al oído:
—Debemos irnos, joven princesa. La leyenda dice que una de las criaturas se encuentra debajo del río.
Su voz me estremecía y me ofuscaba las neuronas. Era como si su presencia les metiese un petardo en el orto a mis hormonas.
—E-está bien. —respondí y me subí nuevamente a su caballo.
Salimos del castillo por la misma puerta loca esa y pasamos frente a todos nuevamente, con aquel aire superior que toda chica de mi edad quiere tener. Salimos por la puerta trasera del reino y cabalgamos a paso de hombre unas cuantas horas.
—Este es el río Guask, en donde viven los demonios más estremecedores —advirtió Edward y bajó del caballo. —Es tiempo de pasar a través de ella y encontrar el primer disco.
—Espera, gran Edward. ¿Por qué Cosmic y Wandy siguen volando detrás nuestro pero no dicen nada? —pregunté mientras me agarraba de Edward para bajar.
—Es que el narrador se olvidó de esos personajes… —respondió y al bajarme me dio una tarjeta. —Esta es la carta de invocación, con ella podrás llamar a tus padrinos siempre que quieras. —dijo y la tomó nuevamente. —Te mostraré cómo hacerlo. —Y entonces tomó el consolador que me había regalado y que tenía en el bolsillo y pasó la tarjeta por él. Éste hizo un pequeño pitido y Edward dijo con fuerza: “¡CONFÍO EN MIS CARTAS!” y los padrinos mágicos desaparecieron así nomás.
—Ah re loco. ¿Y ahora qué hacemos? —pregunté y Edward me miró sorprendido.
— ¿Qué? ¿ No sabés separar las aguas? Creí que Moisés te había enseñado eso en el Purgatorio… Puta madre. —dijo enojado y comenzó a pasear de lado a lado.
Pasaron varios minutos, yo me quedé pelotudeando con el ipod que me había comprado en el reino mientras mi amado caminaba en silencio.
—¡Ya sé! —dijo Edward y sacó su celular. —¿Hola? ¿Qué hacé, negro? Cuchame, tengo un problema acá en el río, venite rápido.
Al poco tiempo de cortar una gran oleada se acercó desde lo lejos. El agua se movía en grandes cantidades, como si una criatura envistiera con gran fuerza el río. Me sorprendí, pero al ver la cara de seguridad de Edward me tranquilicé. El agua se detuvo justo delante nuestro, y de ella salió un hombre.
—Hola, soy el hombre acuático —dijo por fin y me dio la mano. —Yo los voy a llevar a donde está el disco, pero temo que en cuanto estemos en la puerta del templo voy a tener que abandonarlos, ya que horribles demonios hay en su interior. —Se paró entonces frente a mí y me dio una máscara de oxígeno.
Miré entonces a Edward como diciendo: “Podríamos haber comprado las máscaras nosotros, pelotudo, este tipo no nos ayuda demasiado”.
Y él me respondió por telepatía: “No me putees, hija de puta, que escucho lo que pensás.”
Entonces me quedé enmudecida y me puse la máscara sin decir nada más.
Así fue como viajamos por los confines del río. Estuvimos casi 5 minutos, pues el río tenía alrededor de 3 metros de altura nomás, y el templo parecía un boliche nocturno más que algo sagrado.
—Bueno, acá los dejo. Un gusto volver a verte, Edward —dijo el hombre acuático y se fue nadando.
—Llegamos, joven Helena. Es tiempo de entrar. —dijo Edward y me tomó de la mano.
—¡Pará! Me olvidé los documentos —respondí con cara de preocupación y el vampiro me sonrió.
—No te hagas problema, yo te hago pasar —susurró a mis oídos y me agarró con fuerza. Al llegar a la puerta del templo-boliche dijo unas palabras locas en hebreo y los tipos nos dejaron pasar. Fue entonces cuando pude ver las pesadillas del hombre acuático: los bomberos locos nazis del futuro.

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