—Estamos aquí para encontrar el disco perdido. Necesitamos que nos guíen —dije con determinación y todos se pusieron serios. La música se apagó de repente y el más alto de los bomberos se adelantó unos pasos y me miró con atención.
—Para ello debes acabar con Bombucha —exigió y se corrió a un costado, como sabiendo que algo se acercaba. Permanecí callada y pronto un pequeño temblor comenzó a perturbar mis pies.
—Bueno, Helena. Espero a que termines y después seguimos con la misión, ¿Dale? —dijo Edward y yo me di la vuelta confundida, pero éste había desaparecido. Hijo de puta.
Cuando me enderecé nuevamente lo vi; era enorme. Sus 3 brazos se movían de forma extraña, parecían salchichas gigantes marcadas con sutiles líneas peludas, y su barra de vida era increíblemente alta. Su rostro era atroz, asqueroso. Las cicatrices de su cuerpo parecían no poder cerrarse con facilidad; eran tirantes y cada pierna era como la de un elefante… o como tres elefantes.
—Mierda —dije y pronto el bicho gigante gritó como un Nazgul (-30 de agilidad).
Entonces saqué mi consolador mágico y mi tarjeta y llamé a mis padrinos.
—¡Hola! ¡Somos Cosmic y Wandy! —dijeron los padrinos como si estuviesen en un programa para pendejos pelotudos y yo les grité:
—¡¡¡¡Quiero una espada!!!!!!! DALE!
Y entonces el bicho gigante le dio una trompada a Cosmic, el cual salió volando y se estampó contra un parlante, quedando inconciente.
—¡Espadus Jedis! — esclamó Wandy y mi consolador se transformó en una espada laser.
—Ahora si, gordo hijo de puta, —sentencié y le metí la espada por el estómago…
…Y soltó caramelos. Miles de caramelos comenzaron a volar por el aire, y los bomberos empezaron a gritar de felicidad, peleándose entre ellos para agarrar dulces, todos con esa actitud digna de un marica.
—¿Qué carajo? —dije y guardé mi espada. Entonces el bombero alto se me acercó y me susurró al oído que lo siguiera.
Caminamos por un pasillo pequeño, con tenues luces rojas, y justo cuando estábamos por adentrarnos en la última puerta, Edward sale de una habitación sin su remera y con la boca manchada de una extraña sustancia blanca.
—Hola, Helena. Estaba jugando con unos amigos, pero ya terminé —dijo y se vistió. — ¿Te fue bien con Bombucha? Lo mataste rápido.
Lo miré con cara de orto y abrí la última puerta del pasillo.
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